Los camiones del Cabo

Dos camiones de doble piso andando por la orilla, con el mar al costado
Por la orilla, de vuelta a la terminal.

Antes de ver el faro, se los escucha. Un motor viejo que empuja entre los médanos, una nube de arena atrás y, arriba, gente agarrada a la baranda, con el pelo para cualquier lado.

Los camiones son la forma de entrar a Cabo Polonio. Y casi todos tienen una vida anterior: antes de llevar turistas, llevaban soldados.

Antes, a caballo

Durante décadas, a Cabo se llegaba a pie, a caballo o en carros tirados por caballos, que cruzaban los médanos desde Valizas. Llegar llevaba tiempo y esfuerzo, y traer la comida, las garrafas o a una familia entera con sus bolsos era toda una empresa.

Un camión viejo con baranda en el techo bajando por un camino de arena entre pinos y arbustos
Entre los pinos, rumbo a los médanos.

El Francés

El que cambió eso es casi una leyenda. Le decían el Francés. Se cuenta que había peleado en la Segunda Guerra Mundial y que, al llegar a Sudamérica, encontró en Cabo el refugio de paz que venía buscando.

En la guerra había conocido los camiones grandes, capaces de andar por cualquier terreno. A fines de los 80 pensó que podían cruzar los médanos, y tuvo razón: desde entonces, es la manera de llegar al Cabo.

De la guerra a la arena

Los primeros vinieron del ejército uruguayo. Con los años llegaron otros, de lugares tan lejanos como la vieja Alemania del Este, y cada uno trae su historia. Hay uno que, antes de cruzar médanos, sirvió como taller móvil en una misión de paz de la ONU en el Congo.

Hoy son dieciocho. Tienen doble tracción, algunos en las seis ruedas, porque la arena seca y suelta es lo más difícil de pasar. Les sumaron un segundo piso con asientos arriba, para ver el paisaje, y por eso andan despacio, a unos 30 km/h.

La cabina de un camión militar color arena con «Safari Express» pintado en la puerta y asientos rojos en el piso de arriba
Cada uno, con su nombre.
Un camión blanco de dos pisos con barandas, parado en la arena
Dos pisos, para ver los médanos.

Andan por un corredor fijo, siempre el mismo, para no lastimar las dunas del Parque Nacional. Y el mar no perdona: "Lo pintamos… si no, se lo come el salitre", cuenta uno de los choferes.

Un oficio de familia

Manejar un camión en Cabo se hereda. Pasa de padres a hijos, y a veces de madres a hijas.

Agustina Núñez maneja Medusa, un camión de seis ruedas pintado con motivos de la mitología. Aprendió de su madre, que en 1989 fue la primera mujer en manejar uno de estos camiones. "Hay que agarrarle la mano", dice.

Un camión rojo y verde con dos personas arriba, cruzando un médano entre arbustos
El mismo camino, todos los días.

Para leer

Si te quedaste con ganas de historias del Cabo, está El francés de Cabo Polonio, una novela de Juan Francisco Prieto (Editorial Fin de Siglo, 1999) sobre un europeo que llega a esta costa y le cambia la vida a los pueblos de pescadores.

Y si vas para allá, acá están los horarios de los camiones. El resto es subir, agarrarse y mirar.

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