Guía
El Templao
El almacén de Lujambio: una familia que salió del mar, un standcito con una carpa atrás y una canción de Los Olimareños.

Si estuviste en el Cabo, seguro pasaste por lo de Lujambio. Casi nadie le dice por su nombre, El Templao, pero todos saben dónde queda: el almacén grande, de tablas, donde se compra el pan, el vino y lo que falte.
Una familia que salió del mar
La historia empieza con un naufragio, como tantas en esta costa. En 1842, el Leopoldina Rosa, un barco español, se hundió frente a la barra del arroyo Valizas. Murieron más de doscientas personas, y unas cincuenta se salvaron.
Uno de los que se quedaron en la zona fue Mariano Lujambu. Con un pequeño cambio en el apellido, de él viene la familia Lujambio, que hoy se conoce de Aguas Dulces a Valizas y al Polonio.
Un standcito y una carpa
A principios de los noventa, Pancho Lujambio y Janet dejaron todo en Aguas Dulces y se vinieron al Cabo, sin mirar atrás. Empezaron con un standcito, y dormían en una carpa detrás. Ahí nació Franco, su hijo, "poloniense de pura cepa".
Pancho fue de los primeros en trabajar con el turismo en el Cabo, y el almacén fue creciendo con el pueblo. "Este lugar está condenado al éxito", decía. Y también: "El Cabo ha sido generoso".

El nombre
Siempre se llamó El Templao, por una canción de Los Olimareños que habla de encontrar tu lugar en el mundo y amanecer en tu propio corazón. "Así no queda otra que ganar", dice Janet.
Adentro
Entrar es como hacer un viaje para atrás. El edificio es el mismo de siempre, amplio, con paredes de tablas, y está lleno de cosas viejas que Pancho compraba en remates: radios, balanzas, boyas colgadas del techo.
Pero es un almacén de verdad, de esos de ramos generales de campaña donde hay de todo: panadería, carnicería, rotisería, vinos y productos artesanales de la zona. En invierno, cuando el Cabo se vacía, los vecinos se juntan ahí a contar historias. Y a medida que se acerca el verano, las historias se mezclan con las de los que llegan. "En temporada alta casi no escuchás hablar en español", contaba Pancho.
Hoy
Pancho ya no está. El almacén lo siguen Janet y Franco, y ahora, por fin, tiene un cartel con su nombre.
Pasá aunque no te falte nada. Uno entra a comprar pan y sale con el corazón un poco más templado.

