El barco de Polloni

La costa de rocas de la punta, con el mar rompiendo, en blanco y negro
Las rocas de la punta.

La noche del 30 de enero de 1753 no había tormenta. El mar estaba calmo, se veía bien y el tiempo era perfecto. Y aun así, un barco español que iba de Cádiz a Buenos Aires con 300 personas a bordo terminó contra las piedras de este cabo.

El barco tenía un nombre larguísimo, Nuestra Señora del Rosario, Señor de San José y las Ánimas, así que todos le decían por el apellido de su capitán: el barco de Polloni. Con los años, el apellido se castellanizó, y al lugar le quedó para siempre: Cabo Polonio.

La noche del naufragio

Un pasajero, Rafael Trillo, lo contó años después a un piloto de la Real Armada, que lo dejó por escrito:

"A las 2 de la mañana del 31 de enero de 1753 tocó el navío en un bajo desconocido, perdió el timón y se abrió por el codaste."

Al amanecer lo dejaron ir hasta varar en la playa. Aguantó entero seis días, y en la última noche un pampero lo terminó de desarmar. Por suerte, no murió nadie.

Ese bajo es el que hoy se conoce como el bajo del Polonio.

Rocas planas junto al mar con un charco que refleja el cielo, en blanco y negro
El mar, calmo.

Un capitán bajo sospecha

Joseph Pollony tenía 25 años. Y los pasajeros, furiosos, contaron cosas que hicieron sospechar que el naufragio no había sido tan accidental.

Que esa noche el capitán y su primer piloto habían tomado de más, y que el vino era de contrabando, traído de Chipre. Que en las Canarias habían tirado al mar unos 200 cajones de carga oficial, y que después pasaron tres días junto a un bergantín inglés, del que trajeron 130 cajones misteriosos. Que las cenas del capitán eran tan alegres que, según un testigo, "con vino se lavaban las manos".

El primer piloto se escapó mientras el barco se hundía. Lo atraparon y lo encerraron en la ciudadela de Montevideo, pero en agosto se fugó otra vez, y nunca más se supo de él.

La tripulación lo negó todo, y nada se pudo probar del todo. Pero tampoco fueron solo habladurías.

Los cajones misteriosos

Lo que se rescató del barco quedó custodiado por un sargento y ocho dragones, puestos por el gobernador. Y ahí está la mejor parte de la historia. Según declaró un soldado, "todos los que había en el Destacamento sabían que los cajones eran de barajas porque jugaban todos los días con las que sacaban".

Eran barajas de contrabando. El propio gobernador de Montevideo, José Joaquín de Viana, encontró después cajones enterrados en los médanos, cerca del naufragio. Algunos ya los habían quemado.

Rocas redondeadas y agua quieta en la costa, en blanco y negro
La costa del cabo.
Rocas oscuras y pasto de costa frente al mar, con nubes, en blanco y negro
Frente al bajo.

Lo que queda

Entre 1995 y 1999, un equipo de arqueología submarina encontró los restos. El fondo del barco está petrificado, con la silueta de los cajones y, en algunos, todavía se ven cucharas, vasos y cosas de todos los días.

El arqueólogo Antonio Lezama cuenta algo que es muy de acá: antes de que lo encontraran, en Cabo nadie se acordaba del barco. "Y después todo el mundo tenía algo que había pertenecido al naufragio."

Los restos están muy cerca de la costa, pero no se ven ni con la marea baja. Para llegar hay que bucear, y aun así depende de que la arena no los haya tapado.

El faro de Cabo Polonio sobre las rocas, en blanco y negro
El faro, que llegó mucho después.

Y el nombre

Hay quien dice que el nombre viene de otro naufragio, el de un galeón llamado Polonio en 1735. Pero los historiadores, con los expedientes del Archivo General de la Nación en la mano, se quedan con la historia de 1753. En los años siguientes, las carretas que venían para esta zona ya anotaban que iban "a lo de Polloni".

Si querés leer más, el historiador Juan Antonio Varese cuenta esta y otras historias en De naufragios y leyendas en las costas de Rocha.

El barco se lo llevó el mar. Al capitán, la historia no lo perdonó del todo. Pero su apellido quedó en el mapa, y cada vez que alguien dice que se va al Polonio, lo nombra.

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